Domingos Impares #62

La orilla

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Antes de comenzar a escribir estas líneas, me tomo unos segundos. Cierro los ojos, y hago unas respiraciones pensando en una playa, en las olas que llegan pequeñas, ligeras y que vuelven a la masa infinita de agua, una y otra vez. Me interrumpe la gata. Me pide salir, asi que me acerco a la ventana y una brisa me ayuda abriendo los postigones de par en par. Vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a mi playa y la visión se completa con el viento cálido que entra a la habitación.

Decido quedarme ahí y me meto al agua. Improviso un nado de crol, aun sin saber mi rumbo y sin haber entrado en calor, aunque igualmente mis músculos, de a poco, empiezan a adaptarse a este impulso. Entonces, también comprenden que estoy en el mar y que eso implica interpretar el movimiento de las aguas, no forzar demasiado, pero tener presente que la fuerza debe ser bien administrada. Hay que resistir.

Brazada tras brazada, empujo con ganas, sintiendo el masaje del agua en los hombros, los antebrazos, las manos; respiración tras respiración, la sal en la boca. Una onda subi-baja en todo el cuerpo flotante, que me recuerda que no tengo el control de todo y que parte de llegar a destino es dejarse llevar. 

El trayecto se hace largo, pero las ganas de seguir nadando son enormes. Entonces saco fuerza de donde no tengo y nado rápido, fuerte y catárticamente. Los pulmones se sienten dilatados, la piel arrugada, los músculos queman y hasta se sienten duros. Aun así, llegué a la otra orilla con solo la energía para poder relajarme sobre la arena, acostada en forma de estrella, pensando en la calma y el gran momento que significa sentirla.


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Hasta el próximo Domingo Impar 🙂